ALCAUDONES… Y FALSOS ALCAUDONES

“¡¡Tchríii, chríii…!!”… un chirrido rompe el silencio de un amanecer de agosto en el valle de Bustarviejo, en la sierra de Madrid. Estos son los días más calientes del año, y dentro de unas horas el sol golpeará estas laderas quemando el granito del áspero suelo y los ojos de cualquiera que no encuentre una sombra a tiempo.

Pero ahora, a las 7:16 de la mañana, cuando esa luz cegadora no es más que un disco naranja sobre las torres de roca de las distantes cumbres del este, el aire está fresco y húmedo. A medida que me acerco a esa lejana llamada chirriante, atravieso los territorios de varias parejas de alcaudones. Sus pollos pían suavemente, escondidos entre las zarzas, pero en algún territorio llego a contar hasta 5 hambrientos pollitos. ¡No está siendo un mal año para los alcaudones! Pero a lo lejos sigue sonando esa voz, ese insistente reclamo.

pareja alcaudon comun

Alcaudón común (Lanius senator)| © Miguel Antón

El sol sigue subiendo poco a poco, aunque en estos días de verano, una capa baja de nubes y polvo vela el horizonte y hace el que el sol sea solamente un poco más brillante que el pálido cielo que lo rodea. ¿Considerarán los alcaudones la paradoja de que son estos débiles y suaves amaneceres los que darán paso a los golpes más terribles del sol de mediodía?

…“…tchríii, chríii…” Más constante, más… insaciable. Por fin llego a la ladera en la que suena esa voz. ¿De dónde viene? Es un sonido sorprendentemente difícil de “triangular”. Aunque lo oigo con total nitidez, soy incapaz de calcular de qué roble está viniendo. Pero rápidamente el chillido se acelera de excitación… ¿Qué ha visto?

Al instante, un alcaudón vuela hacia los robles con un saltamontes en el pico. La llamada se acelera más aún. El alcaudón desaparece entre la hojarasca. Y entonces… silencio. Pero apenas pasado un segundo, comienza de nuevo con toda su intensidad. El alcaudón se aleja en busca de una nueva presa para aplacar a la oculta e incansable voz.

Me recoloco y entre las hojas veo por fin al hambriento pollo. Pero no se parece en nada a un pollito de alcaudón: su tamaño dobla al adulto que le acaba de cebar y sus largas alas grises sobre un pecho franjeado de negro hacen que parezca más un gavilán. Pero su pico insectívoro le delata: no es ningún gavilán. ¡Es, por supuesto, un cuco!

cuco nido

Alcaudón alimentando a un polluelo de cuco | © Miguel Antón

Durante más de una semana, conseguí ganarme la confianza de esta extraña familia y grabar una escena pocas veces documentada: las víctimas del nidoparasitismo del cuco suelen ser paseriformes pequeños, como currucas o carriceros, ¡no alcaudones!

Pero la gran densidad local de alcaudones es una oportunidad perfecta para los cucos. Sin embargo, la “decisión” de qué especie usarán como hospedador no es tan trivial como pueda parecer: al fin y al cabo, el cuco (la cuco, en este caso) debe conocer a la perfección los hábitos de su víctima: ¿funcionará con esa especie la estrategia de volar alrededor del nido aprovechando la forma de gavilán para espantar a los padres y usar esa ventana de tiempo para acceder al nido? ¿qué tipo de nido hace? ¿dónde lo coloca? ¿cuánto tiempo pasan los padres en él? Pero hay incluso un factor más determinante: el propio huevo.

cuco cebado por alcaudon

Alcaudón alimentando al mismo polluelo de cuco| © Miguel Antón

Para que el engaño tenga éxito, el huevo del que saldrá el nuevo cuco debe ser extremadamente parecido en forma, tamaño y color, al del hospedador. ¿Cómo soluciona eso la madre cuco? La respuesta es mediante un proceso de extrema especialización: cada linaje de hembras de cuco está especializado en parasitar exclusivamente una especie concreta – en este caso el alcaudón común.

Las repercusiones de ésto son importantes: durante incontables generaciones, las familias de alcaudón de este valle han estado lidiando una carrera armamentística evolutiva con los antepasados de este hambriento polluelo. Y lo que es más importante, el futuro de este volantón está ligado inseparablemente a las demás familias de alcaudón que le rodean… e incluso, a la suya propia.

Hasta qué punto eran conscientes tanto el cuco como los alcaudones de la realidad de su situación es algo que no dejaba de preguntarme en las largas horas de observación que tuve el privilegio de presenciar.

cuco comportamiento

Cuco común (Cuculus canorus) | © Miguel Antón

Tanto si lo analizaba desde el punto de vista del cuco como de los alcaudones, el misterio era total. Sin duda los alcaudones tendrían una imagen clara de cómo debe ser un pollo de alcaudón – no tendrían más que ver los territorios vecinos, o sus propios pollos de otros años. Sin embargo, ¿quién podría rechazar un pollo eclosionado de su propio nido? ¿Estarían “orgullosos” de haber criado una cría tan potente?

Nunca sabremos qué pasa por las mentes de estos fascinantes animales cuando sus picos se juntaban en las incontables cebas que se sucedían día tras día y sus misteriosos ojos se cruzaban a apenas centímetros. Pero en cierto modo, prefiero que siga siendo así, una de las infinitas incógnitas que guarda la naturaleza salvaje: ¿Puede existir el amor, o al menos el aprecio, entre distintas especies? De ésto último no me cabe ninguna duda – hay infinitos ejemplos de entrañables amistades animales incluso entre potenciales predadores y presas: generalmente son en condiciones de cautividad, pero la base etológica está presente sin duda también en los animales salvajes.

cuco en nido de alcaudon

Cuco pidiendo comida  | © Miguel Antón

Y desde luego, el aprecio que yo desarrollé hacia ese increíble volantón era tan “natural” como la tristeza que tuve cuando, una tarde como cualquier otra, cuando llegué a la ladera, ya sólo se escuchaban los lejanos pollos de alcaudón del territorio vecino.

Parecía que ese chillido no iba a saciarse nunca, que siempre encontraría a ese extraño gavilán entre las hojas de algún roble, pero desde aquella tarde nunca más he vuelto a ver a ese hermoso falso-alcaudón que tantas observaciones increíbles me regaló. Pero su historia de supervivencia continúa: ahora estará rumbo a África, guiado por un instinto ancestral, para pasar allí su primer invierno. ¿Qué aventuras vivirá ahora? Seguro que recordará las pacíficas tardes de verano en el robledal, esas tardes que no parecían terminar nunca y en las que la mayor preocupación era si el alcaudón conseguiría traerle una última arañita… las recordará cuando tenga que atravesar en solitario 14 kilómetros de olas y de peligros sin ningún alcaudón para traerle comida… cuando cruce el desierto sin fin sin ningún alcaudón para traerle comida… y cuando se enfrente a su primera noche de terribles tormentas africanas entre animales y plantas que ni imaginaba que existieran… ¡sin ningún alcaudón para traerle comida!

cuco pajaro

Cuco poco antes de iniciar su migración | © Miguel Antón

Pero dentro de solo unos pocos meses, el mismo instinto que le hizo volar días y noches enteras, le hará volver a través del desierto y del mar al robledal de Bustarviejo… sólo espero poder estar allí el día en que sus larguísimas alas afiladas vuelvan a sobrevolar la ladera, y ver cómo se ha convertido en un espectacular adulto…

O al menos, poder escuchar una vez más su voz – aunque en vez de un incesante chirrido, se habrá convertido en dos conocidas y dulces sílabas: ¡cú-cú!

Miguel Antón

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