REFLEXIONES SOBRE ETOLOGÍA Y CONSERVACIÓN

El estudio del comportamiento es sin duda una ciencia imprescindible en el conocimiento de nuestra fauna y de aplicación en cualquier medida de conservación. Es habitual leer o escuchar determinados estándares asociados a cada especie, e incluso, en ocasiones, para determinados grupos de especies. No obstante, la observación continua y detallada pone de manifiesto que los estereotipos conductuales están relacionados con la escasez de observaciones.

Así pues, cobran sentido todas aquellas observaciones que se salen de los patrones habituales, lo que pone de manifiesto que el carácter individual favorece el aprendizaje del grupo a través de la experiencia de cada uno de sus individuos.

Está comprobado que los grupos más numerosos son más eficaces que los menos numerosos, ganando en capacidad de adaptación ante posibles cambios en el hábitat, ante la resolución de determinadas situaciones que requieren poner en funcionamiento el ingenio, e incluso a la hora de encontrar alimento.

Este último aspecto suele resultar confuso e incluso es motivo de discordia entre los ornitólogos. Si bien es fácilmente entendible el hecho de que resultan más eficaces a la hora de eludir posibles situaciones de peligro, debido a que al haber más individuos en el grupo hay más ojos vigilando, no lo es tanto en cuanto a la disponibilidad de alimento, pues mientras más numeroso sea el grupo, hay mayor competencia y, por tanto, menos cantidad de alimento para cada individuo.

Lo cierto es que también son más eficaces y están mejor alimentadas aquellas aves que forman parte de grupos numerosos. La razón está en que los grupos numerosos cuentan con un mayor número de ejemplares experimentados, aportando su pericia en beneficio del grupo.

Estas formas de aprendizaje contribuyen a una mayor y mejor adaptación, incrementando sus opciones de supervivencia.

La alimentación cobra especial relevancia en la evolución y conformación de la especie, puesto que requiere de habilidades individuales. Esto es algo fundamental en la selección natural de muchas especies debido a que las hembras seleccionan preferentemente a los machos que tienen más desarrollada la capacidad para encontrar alimento, y éstos no tienen por qué ocupar el mayor nivel en la escala jerárquica.

Los carboneros que presentan un color amarillo intenso indican un estado más saludable frente a los de tonos menos vistosos. La cantidad e intensidad del color negro indica dominancia. | © Miguel Carrasco Casaut

De este modo, durante las exhibiciones de los machos en los rituales de cortejo, las hembras escogen a aquellos que muestran los colores más llamativos. La intensidad en la coloración del plumaje se ve favorecida por la concentración de carotenoides. Estos pigmentos orgánicos no pueden ser fabricados por el organismo, sino que son incorporados con los alimentos, con lo cual, un animal que presenta un plumaje brillante y con colores vistosos es señal de que goza de buena salud y con cualidades suficientes como para contribuir eficazmente en la crianza de los pollos. Es por ello que las hembras prefieren escoger los genes de los machos más capaces para asegurar la continuidad de la especie, respecto a los de mayor rango social.

Los individuos dominantes, en cambio, cumplen una función protectora mediante la vigilancia para detectar posibles amenazas alertando al grupo, y defendiendo el territorio ante la presencia de competidores. De este modo queda estructurado y organizado un grupo social.

Muchas especies han sido capaces de adaptarse a las nuevas situaciones, y ese es el caso de las actualmente llamadas especies exóticas invasoras, todas ellas introducidas de forma intencionada o accidental. Las que prosperan con mayor rapidez son las de carácter gregario, pues, como ya hemos apuntado, son las que gozan de más cualidades y mayor capacidad de adaptación. La experiencia acumulada por todos los individuos que conforman el grupo es transmitida a las nuevas generaciones, lo que resulta en una gran eficacia ecológica para adaptarse a las nuevas situaciones. Es por ello que son más competitivas frente a las especies autóctonas, que no soportan la presión y competencia de las otras.

El efecto contrario, en cuanto a cualidades adaptativas, es el que se produce entre las especies especialistas, generalmente de hábitos territoriales y, por tanto, solitarias; o las gregarias de carácter estepario, siendo en ambos casos especies poco tolerantes ante las nuevas situaciones. Obviamente, estas características no favorecen la conservación de sus poblaciones, por lo que las estrategias de conservación deben ir dirigidas hacia la preservación de sus hábitats, evitando los cambios de uso o la introducción de nuevos elementos que tiendan a la humanización de los espacios.

Entre las pautas de cortejo, son habituales las ofrendas de los machos. Macho de carraca ofreciendo una ceba a la hembra. | © Miguel Carrasco Casaut

La observación detenida nos reporta información valiosa respecto al comportamiento de las especies. En este sentido, cada vez es más frecuente la observación de conductas nuevas ante nuestros ojos o bien poco frecuentes, pero no por ello atípicas; simplemente eran desconocidas.

A modo de ejemplo citaremos los habituales rituales de cortejo en los que los machos hacen una ofrenda alimenticia a las hembras para reforzar los vínculos de pareja, hacerlas más receptivas e inducirlas a la cópula.

Pues bien, en una ocasión observamos a una hembra de gorrión común que se acercaba al macho con un insecto en el pico sin ofrecerlo pero despertando su interés por la cópula, siendo ella la que inducía al macho provocándolo al mostrase con la ofrenda ya tomada. Daba la sensación de que la hembra intentaba seducir al macho saltándose algunos pasos hasta llegar al punto previo a la cópula: tener la ofrenda ya en su pico. Una vez comía el insecto adoptaba la postura de receptividad y el macho la montaba.

Hembra de gorrión común incitando al mancho a la cópula mostrándose ante él con la ceba en el pico. | © Miguel Carrasco Casaut

Macho de gorrión común montando a la hembra tras haber sido estimulado por la hembra mostrándose con la ceba en el pico. | © Miguel Carrasco Casaut

También se observó en el ritual de una pareja de críalos la llegada del macho con un una oruga en el pico, posándose junto a la hembra y, cuando ésta mostró interés por el obsequio, el macho la montó sin soltar la ofrenda, mientras ambos la sujetaban con el pico. Una vez conseguido el objetivo del macho, soltaba la ceba para que ésta pudiera tragarla. Era una forma de asegurar la cópula induciendo a la hembra con un regalo que no terminaba de entregar hasta haber culminado la cópula.

Pareja de críalos en la que el macho no suelta la ceba hasta haber asegurado la cópula. | © Miguel Carrasco Casaut

Otro ejemplo podría ser la delicadeza con la que las hembras tratan a sus polluelos, siendo habituales los mimos y los comportamientos protectores. En este sentido, como hecho curioso, también ha sido observada la reprimenda de una gallineta común a uno de sus pollos tras apartarse del grupo, agarrando su cabeza con el pico y propinándole enérgicas sacudidas.

Reprimenda de gallineta común a uno de sus polluelos ras haberse apartado momentáneamente del grupo. | © Miguel Carrasco Casaut

Parece estar demostrado que, en ocasiones, la transformación o destrucción de los ambientes naturales provoca cambios conductuales en determinadas especies. A veces, los cambios de conducta suponen una alteración que resta eficacia y diversidad, al igual que las consecuencias más directas: la reducción poblacional de muchas especies. En la mayoría de los casos es necesario realizar costosas intervenciones para evitar su extinción.

Las interacciones conductuales son el resultado de aprendizajes adquiridos durante miles de años de evolución. Un claro ejemplo lo constituyen las avutardas, especies en declive por los cambios en los sistemas agrícolas y procesos de intensificación, a lo que hay que añadir una alta mortalidad por colisión con tendidos eléctricos.

Parte de la población de esta especie realiza migraciones parciales en invierno, lo que contribuye a la diversidad genética. Sin embargo, estudios recientes demuestran que los accidentes por colisión afectan en mayor medida a la población migradora que a la residente, por lo que cada vez es menor el número de ejemplares que se desplaza. Este hecho afecta claramente a la estabilidad de la especie que cada vez ve más reducidas sus opciones de supervivencia.

Hechos como este son cada vez más frecuentes, y éste es solo un ejemplo que pretende incitar a la reflexión sobre la importancia de impulsar estudios etológicos aplicados a la conservación para conocer más y mejor a nuestra fauna, y así evitar algunos problemas que se derivan del desconocimiento. La conciencia social debe unirse a esta premisa para contrarrestar la pérdida de biodiversidad inducida por los procesos de intensificación, no confundiendo desarrollismo con progreso, entendido en su contexto más amplio. Ese es el desafío.

Miguel Carrasco Casaut

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